Biografía

Biografía

Ronaldo Menendez

Secreta Tribulación vital

A

hora vivo en Madrid, pero antes viví largos años en Lima, y antes estudié Historia del Arte en la Universidad de La Habana, ciudad en laque nací mucho antes de estudiar Historia del Arte, en el año donde Fidel quiso hacer «la zafra de los diez millones»: 1970. Cuenta la leyenda familiar que la culpa de todo la tuvo el abuelo paterno que vivía en un lugar de Asturias de cuyo nombre no quiero olvidarme: Borreras. El abuelo montó en su mulo, dijo que iba a por tabaco, trotó hasta el nivel del mar y apenas hubo atado su mulo a un palo se enroló en un barco y se fue a hacer las Américas, o más exactamente, la Cuba. Así que heme aquí en España por aquello de la colonización inversa, después de una ardua digresión que abarcó toda Sudamérica.

Por primera vez emigro al Perú en el año 1997: no es la luz lo que me atrae (ya se sabe, en Lima el sol es delgado) sino la sombra lo que me empuja…, y un par de cursos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En aquella universidad, rigurosamente hablando, pasé los mejores años académicos de mi vida. Y también fui feliz en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC). Hace poco me preguntaron si me quedaba algo de Lima y respondí con franca sensiblería: de Lima llevo su poca luz y su olor por donde quiera que vaya, y de todo el Perú conservo enquistados sus infinitos sabores y las rutas por tierra hacia el resto del continente.

La Literatura, aunque se haga de día, gotea desde la noche. Pasé toda mi infancia intuyendo la oscura vocación literaria a través de las fabulosas historias que me escanciaban mis padres. Gracias a ellos desde párvulo tuve a Mark Twain, Conan Doyle, Julio Verne, Emilio Salgary, Jack London: son míos y de nadie más, y no los presto. A finales de mis dieciséis comencé a fomentar palabras: una entusiasta e indeterminada novela sobre náufragos, dudosos poemas golpe a golpe y verso a verso, y varios cuentos. Vi impresa mi letra por primera vez a los 21 años, con un cuento titulado Tocata y fuga en cuatro movimientos y tres reposos, incluido en la antología: Los últimos serán los primeros, sobre novísimos narradores cubanos, que urdió el Dr. Redonet. (En Buenavista, su barrio y el mío, hace unos años se me ha muerto como del rayo Salvador Redonet, a quien tanto debía). No me pareció gran cosa ver ahí mi cuento tan reducido en abigarrados caracteres de imprenta, pero igual fue mi romántica pérdida de virginidad editorial. Como suele decirse, un hito, un nudo o un estremecimiento adolescente marcó mi vida de los 17 a los 20: fundé, junto a otros ingenuos inéditos, el grupúsculo literario de vanguardia El Establo. No sólo pastábamos, también leíamos a Lenin, Mary-engel, a narradores del boom, a los rusos, a los poetas franceses, y hacíamos performances kallejeros e intentábamos fanzines ke enseguida prohibía la policía estatal. Entonces, poco a poco, empezaron a publicarse mis libros.

 

 

Los opuestos

(Autorretrato de Ronaldo Menéndez, escrito para el libro Retratos y autorretratos, de Daniel Mordzinsky, Bogotá 39)

L

a destartalada biblioteca alguna vez había sido roja pero los años habían mitigado ese color violento. Apacible era el campo, la espesa llanura a punto de ser ganada por la noche. No quiso preguntarse qué hacía una biblioteca en medio de esa nada. Y entró. Creyó reconocer al viejo bibliotecario, pero enseguida comprendió que lo había engañado su persistente parecido con otro bibliotecario viejo y ciego. ¿Cómo era posible que se parecieran, si el bibliotecario que ahora tenía delante poseía ese distintivo de ojos rasgados que hace de todos los orientales un solo hombre para los ojos inexpertos de un occidental?

En una mesa cercana farfullaban unos estudiantes. En un principio no notó que vestían el beligerante quimono japonés, anacrónico en China. Hacia el fondo, cerrando el espacio de un estrecho pasillo y acurrucado como una cosa, cabeceaba un hombre. Las tupidas cejas blancas, la barba aguda y cana asaetada en el pecho, los ojos tan rasgados que parecían cortes del filo de una hoja. Pensó que aquel hombre era el personaje de un violento filme de algún realizador que sabía manejar los clichés de los asesinos a sueldo que matan con catana.

Se acomodó junto a una ventana y vio que la oscuridad iba quedándose con la espesa llanura. Un monte, una paz de bejucos y ríos lo esperaba en los próximos años, a partir de la mañana siguiente. Había escogido las redondas montañas de Yangshuo para su reposo de jubilado. Después de haber escrito mucho y haber leído casi todo, le quedaba meditar la vacía levedad del Tao. El bibliotecario le entregó El libro del sendero y de la línea recta. No necesitaba esclarecer los caracteres chinos para reconocerlo. Ocioso, paladeaba el tenue contorno de cada ideograma cuando algo le rozó la cara. Rodó una bolita de papel y se detuvo junto al libro. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Intentó tapar la realidad hundiendo los ojos en las líneas verticales y otra bolita de papel rebotó en su mejilla. Esta vez los de la mesa contigua rieron. Se dijo que no estaba asustado, pero sería un disparate que él, un septuagenario profesor a punto de jubilarse, se dejara arrastrar por estudiantes de artes marciales a una pelea confusa en una biblioteca ilegible de los arrabales de oriente. Resolvió salir. Ya estaba de pie cuando el bibliotecario le dijo: “No les haga caso a esos, profesor Menéndez, son estudiantes japoneses del Templo y les gusta retar a sus mayores”. No le extrañó que el bibliotecario, ahora, le conociera y hablara su lengua. Pero esas palabras conciliadoras, de hecho, agravaban la situación: antes, la provocación había sido a una cara anónima, a nadie. Ahora iba contra su persona. Se les acercó y les preguntó qué estaban buscando.

El más espigado comenzó a insultarlo con la cara a un palmo de la suya como quien juega a injuriarse frente al espejo en una lengua desconocida. Luego desenvainó una catana, la barajó, hizo que le vivoreara entre los puños. El bibliotecario advirtió con voz clara que el profesor estaba desarmado. En este punto ocurrió algo impredecible. El hombre que cabeceaba al final del pasillo, y donde él había querido ver un signo de todo el Oriente, le lanzó un sable desnudo que se detuvo entre sus pies. ¿Qué hacían estas catanas y aquellos quimonos en el sur de China? No supo responderse. La recogió. Reconoció el sello de la empuñadura: acero del artesano Hatori Hanzo, el hombre de Okinawa. Comprendió dos cosas: que ese gesto casi instintivo de recoger el arma lo comprometía a pelear, y que un sable de samurái en su mano inexperta no iba a servir para defenderlo, sino para justificar que le mataran. “Vamos saliendo”, dijo el estudiante.

Años atrás, viajando en entre las redondas montañas de Yangshuo, el joven profesor prefiguró esta escena. Morir a cielo abierto y acometiendo. Pensó que si hubiese podido soñar o elegir su muerte, esta hubiera sido la muerte elegida o soñada.

El viejo profesor empuña el sable de samurái, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura…