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04
Sep
Contar las Huellas (Fragmento introductorio, para viajeros que escriben)
Contar las Huellas (Fragmento introductorio, para viajeros que escriben)
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¿Quiénes escriben sobre sus viajes? Perogrullamente hablando, los viajeros. Y más hoy que cualquiera puede publicar en blogs, facebook o espacio semejante, las cositas que le pasaron mientras ganduleaba a lo largo y ancho del orbe. ¿Cuál es el papel de la literatura de viajes que escriben los que se ven impulsados a decirle ‘verdades al mundo’? Cualquiera puede imaginarlo: el papel de esa literatura de viajes es un papel higiénico. Ciertos bienintencionados se sienten dueños de un caudal de experiencias desbordado por un monzón de ‘sabiduría de vida’, y como no son tacaños —un viajero nunca reconoce que es tacaño, pero suele serlo— un día deciden compartir su sabiduría. Limpiarle el camino de ignorancia a los que vendrán luego. Pero lo hacen sin saber escribir.
Me veo ahora en Hoi An, una localidad vietnamita donde el deportinegocio regional es hacer ropa a medida. No hay portal colonial afrancesado que no oponga al viajero biombos y maniquíes, perchas y carteles, como si se tratara de una pista de carreras con obstáculos para que uno tropiece y se anime a tomarse las medidas y hacerse alguna cosa. En medio de todo esto puedo apreciar, en terrazas de hostales, cafeterías y baretos, a los ilustres viajeros bolígrafo en mano u ordenador desplegado, escribiendo sus experiencias. Machacando teclados o emborronando cuartillas, actualizando blogs o dilapidando facebook…, los veo ahí y pienso: qué maravilloso sería que toda esta gente escribiera, además de sin mala ortografea, con encanto. Con algo de maña y oficio. Consiguiendo que de verdad aprendiéramos a viajar a través de sus líneas como si fueran líneas ferroviarias, y a asomarnos a lugares remotos con la sensación de que mil palabras valen más que una imagen de National Geographic.
He aquí el primer problema al que me enfrento con este libro: No existe una metodología especializada ni un conjunto de ‘técnicas particulares’ para la literatura de viajes. Estamos ante un género versátil, flexible y a veces difuso. Y a pesar de su antigüedad —tal vez precisamente por su longeva convivencia con otros géneros literarios— establece diversas relaciones incestuosas. Escribir sobre un viaje puede enmarcarse en el ensayo, o seguir las pautas más ortodoxas de la crónica, pero también podemos ‘novelar’ nuestro viaje, o estructurar un blog a manera de minirelatos o comentarios a pie de foto.
Leyendo libros de viaje he observado que el autor se preocupa, en primera instancia, por una sola cosa: el lugar al que ha ido. Luego están los personajes y los sucesos, pero a menudo me da la impresión de que los personajes están ahí porque no queda otro remedio: alguien tiene que vendernos un billete de tren o servirnos de guía en una selva de Laos para que no pisemos una mina, pero lo que se dice construir un personaje, es decir, darle al lector una entidad concreta, un ego literario eficaz y memorable, eso parece ser cosa de escritores, no de viajeros que escriben. Y en cuanto a la trama, es cierto que los viajescritores suelen preocuparse por narrarnos alguna peripecia, pero como muchos desatienden las pautas más básicas del género-madre de las tramas —el relato— lo que nos cuentan suele parecerse a cuando nuestra pareja empieza a contarnos lo que soñó anoche: aquello le interesa mucho a quien lo cuenta, pero nosotros no hacemos más que pensar en ese maravilloso momento en que se calle. Parafraseando a Borges: el viajescritor, che, ese ‘argentino’ insoportable, el lector ya se ha ido y él sigue hablando.
He aquí una pauta modesta y útil: literariamente hablando, es posible que el viaje en sí, no baste. ¿De qué hablamos, entonces, cuando hablamos de escribir sobre nuestro viaje?
Cualquiera que sea el subgénero o formato para contarle al prójimo lo que hemos vivido, el denominador común implica dos cosas: 1) Estamos transmitiendo una experiencia ‘real’; 2) Tenemos que echar mano de herramientas literarias para transmitir eficazmente nuestra experiencia. Y aquí lo más importante es el punto 2, porque la ‘realidad’, aunque compartida, es cosa de cada cual (y de los filósofos).
…Y hablando de filósofos: lo peor que puede hacer alguien cuando pretende contarnos su viaje es ponerse filosófico. Demos un paso más, y señalemos una peligrosa procesión de prototipos de viajescritores a los que no debes unirte bajo ningún concepto.
Se llama ‘Clichetómetro’. Paso 1: Observa cuánto de filosófico, espiritual, informativo o anodino hay en tu texto. Paso 2: Si el porcentaje de alguno de estos parámetros excede, al tuntún, digamos el 40 % con respecto a todo texto, nuestro ‘Clichetómetro’ ha encendido su piloto rojo y estás en peligro de caer en algún cliché poco recomendable: reconsidera todo lo que has escrito. Paso 3: Si te parece que el porcentaje de estos parámetros está dado en pequeñas dosis, igualmente revisa que cada parte filosófica, espiritual, informativa o anodina, sea agradable de leer y de verdadero interés para el lector.
¿Qué debes cargar en la mochila cuándo vas a emprender un viaje con intenciones de escritura? Además del Clichetómetro, hay algunos pequeños recursos que pueden apartarte del despeñadero: Todo el mundo habla del famoso cuanderno para ir anotando cositas sueltas, datos, ideas y temas a tratar, e incluso fragmentos que luego pueden engrosar una escritura de mayor calibre, además de hacer que el viajero parezca alguien más interesante. Es un buen recurso: creedme, es un fastidio tener que memorizar luego todo el itinerario de nuestro recorrido con los nombres impronunciables de cada sitio, y el tiempo para reconstruirlo puede ser tan precioso que cuando acabemos ya no nos queden ganas de escribir sobre nuestro viaje. Pero solemos hacer fotos, y si nos preocupamos de sistematizar en carpetas específicas cada lugar que hemos fotografiado, al final tendremos no solo una guía orientativa, sino la base correspondiente de imágenes inspiradoras. A veces basta con mirar un par de fotos para que nos entren ganas de contar alguna cosa. Otro método que he descubierto casi por accidente es eso que puedo llamar ‘el interlocutor pesado y útil’ (en este caso, mi madre). Tenía que escribirle casi a diario durante un viaje que duró catorce meses dándole la vuelta al mundo. Y de pronto me di cuenta que bastaba con poner en el asunto el nombre del lugar desde donde le escribía, así: ‘Desde la isla de Koh Rong’, para generar un buen recurso. A la vuelta del viaje, al realizar una búsqueda en el buzón de correo con la dirección del destinatario (mi madre) aparecían ordenados por fechas todos los sitios en los que había estado. Y no solo eso: descubrí que merecía mucho la pena, en el cuerpo del correo, agregar algún dato de utilidad o incluso una pequeña anécdota del lugar. Madre en el mundo hay una sola, y probablemente justo vino a tocarme a mí, pero si aplicamos este recurso a un par de destinatarios de nuestra correspondencia el pequeño esfuerzo será recompensado con creces. Y quedaremos la mar de bien con nuestro interlocutor, que luego estará en disposición de prestarnos dinero.
Cualquiera que sea el método, el truco está en inventarnos recursos para recuperar fácilmente la información de nuestro viaje. Aparte de esto, los viajescritores nos han legado algunos hábitos que merecen nuestra consideración. No está de más cargar con algún libro de viajes que aborde el lugar que estamos visitando. Ojo: no usarlo como guía (los escritores son imprecisos) sino como fuente de inspiración viajera. Para los más ‘responsables’, quizá sea útil informarse mínimamente de la historia del lugar, a fin de no pasar por alto, por ejemplo, que en ese árbol aparentemente anodino que tenemos delante se llevó a cabo la revolución de los mandriles que cambió el curso de la vida en la aldea. Ten en cuenta, además, que la memoria es un poderoso instrumento del viajero escritor, y a veces nuestra memoria se fija si tenemos datos que le den sentido ‘histórico’ al lugar.
Por último, apaga el teléfono móvil siempre que puedas (o sea, todo el tiempo), y usa las redes sociales solo como recurso de utilidad, con férrea moderación: no hay nada más triste que un viajero que sustituye la realidad del viaje por una permanente realidad virtual.

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