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30
Jul
Buceando en Indonesia y Camboya
Buceando en Indonesia y Camboya
  • ronaldo
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  • Buceo . Camboya . Indonesia .

Junto con Etienne hemos conseguido alojamiento en uno de los cuartos de madera del muelle donde se enclava la escuela de submarinismo. Podemos ver el mar oscilante entre las juntas de las tablas del suelo. Siento ese cosquilleo nervioso y el chute de adrenalina que precede a una serie de inmersiones. La escuela es regentada por Simon, un inglés calvo y nervudo que camina como si practicara artes marciales y cuando se pone su traje de buceador —cuchillo incluido— pretende parecer un guerrero de las profundidades. Nos presentan a nuestro instructor, crazy Kevin, que así le llaman. Y es un gringo que no pretende parecer un guerrero de las profundidades, sino un homeless subacuático, a juzgar por su traje roído. Literalmente. Nos explica que ha sido por culpa de una rata, que el otro día cuando despertó el bicho había mordisqueado el regulador y se había comido parte del neopreno.
Nuestro dive center está tomada por ‘gente guay’. Por eso no les gusta Kevin, que tiene un traje con hueco y se pasa todo el tiempo cabreado porque los veinteañeros que fungen de dive masters (guías de buceo) son tan enrollados que se les olvida llevar algunos tanques, equivocan las tallas de los chalecos de inmersión, y dejan todo el equipo regado por el suelo de la lancha.
Todavía me veo en el fondo marino de aquellos días. Bajamos a más de veinte metros de profundidad en una inmersión nocturna donde a Natalia le fallaba la linterna cada dos por tres. Ella iba de pareja con Kevin, el instructor gringo, y Etienne conmigo. Durante la hora que duró la inmersión estuve con los nervios de punta pendiente de Natalia para no perderla allá abajo, y Etienne me vigilaba a mí, mientras Kevin se ocupaba de enseñarnos morenas y crustáceos. Luego buceamos muchas otras veces, vimos tiburones y entramos en un barco de la Segunda Guerra Mundial que parecía un museo secreto dormido en el fondo. Si algún día fuese a suicidarme —cosa que no pienso hacer ni siquiera hemingweyanamente, pero solo por ilustrar la idea que tengo de ‘la paz’— lo haría a más de treinta metros de profundidad, mecido en la corriente. Sería perfecto, como todas las cosas simples. Me pondría bocarriba con el tanque apoyado en el fondo, echaría un último vistazo, luego me quitaría el regulador, que es ese aparatico que los buceadores nos ponemos en la boca para poder respirar. Silencio. El agua del mar me llena totalmente. Los plomos y el tanque no me dejan volver a la superficie. Quedo quieto.

1 COMENTARIO
  1. Charleigh
    29 diciembre, 2014 Responder

    I feel so much happier now I unrtasednd all this. Thanks!

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