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28
May
Las malas compañías literarias (del libro: Contar las huellas: claves para narrar tu viaje)
Las malas compañías literarias (del libro: Contar las huellas: claves para narrar tu viaje)
  • ronaldo
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  • consejos escritor . técnicas literarias . viajes .

A diferencia de otras especies que pueblan el orbe, el ‘viajescritor’ no está en peligro de extinción, sino en pleno auge. Anda de aquí para allá intentando narrarle al prójimo qué hizo cuando viajaba. He aquí algunas subespecies a las que te recomiendo no unirte cuando escribas sobre tus viajes.

El viajescritor filosófico: Una cosa es filosofar modesta y contenidamente en un par de párrafos, y otra es dárselas de sabiondo. Piensa que todo texto, para empezar, descarta e incluye lectores. Una de las vías más seguras para descartar gran número de lectores inteligentes es haciendo filosofía de bolsillo (o de mochila). Un texto de viajes no es un tratado acerca de las grandes verdades de la existencia, como mucho es una especulación acerca de pequeñas verdades relativas a lo que el viajero ha visto. Y, sobre todo, nuestro texto de viaje es una peripecia, una aventura –incluso interior- que debe ‘moverse’. Y no hay nada más lento y aburrido que ponerse a nadar en el flato de la filosofía amateur.

El viajescritor espiritual: Hijo pródigo del viajescritor filósofo, el espiritual pone los ojos en blanco. Recuerdo cuando llegué a Mcleod Ganj, el pueblito indio donde vive el Dalai Lama: una estrecha y larga calle abierta como una cicatriz en el Himalaya,  con coches que circulaban a velocidad homicida haciendo sonar sus cláxones hirientes. Y en medio de todo esto, una horda de viajescritores que ponían los ojos en blanco demostrando que estaban poseídos por el buen rollito del budismo. El problema es que cuando tenemos ese tipo de experiencias espirituales de andar por casa, es tan limitada su posibilidad de sugestión en los demás, que el viajero no parece un maestro yogui, sino una virgen de murillo: cursi y poco convincente. Y esto es precisamente lo que pasa cuando queremos escribir nuestras experiencias de viaje porque ‘somos más sensibles y espirituales que el resto de los mortales’: terminamos siendo cursis y poco convincentes. Dame una buena crónica sobre los sufridos inmigrantes tibetanos en Mcleod Ganj y te daré mi atención de lector espiritual.

El viajescritor informativo: De textos aburridamente informativos está empedrado el camino de la mala literatura de viajes. Y ya te lo digo: aquí tenemos una de las trampas más comunes, esa donde puedes caer al menor descuido. Entonces demos un rodeo: la razón de ser de la literatura de viajes, en sus orígenes –piensa en Marco Polo- es informar, dar testimonio, acercar al lector realidades remotas que de otra manera no habríamos siquiera imaginado. Por eso, en sus orígenes, hablamos de crónicas de viajes donde lo más importante era hacer un catálogo minucioso de ‘la realidad’. Contarle a los demás ‘lo que existe’, en términos de datos, aspecto, e incluso ‘nombrar las cosas’: el mundo de estos cronistas era tan reciente que las cosas carecían de nombre, y antes de nombrarlas había que señalarlas con el dedo. Y muchos vieron y hablaron de algunas cosas por primera vez. Esto estaba muy bien en tiempos de Miguel Strogoff, donde para llevar una noticia había que cruzar a caballo todo el reino. Pero con el desarrollo de las tecnologías del desplazamiento y de la información, con el cine, los documentales, los noticiarios e internet, tenemos acceso a muchos más datos y testimonios de los que podemos consumir. Y si somos francos, de manera ‘más entretenida’. La información que lastra a un texto como piedras a un aerostato merece capítulo aparte. Por ahora quédate con este consejo: nunca sacrifiques la eficacia literaria de un texto de viajes en nombre del inventario de ‘datos útiles’.

El viajescritor anodino: Contrario del informativo, no aporta nada que sea realmente útil. Y no me refiero a los datos de transporte o a decirte en qué hostal conviene quedarse para ligar con mochileras alemanas, sino a la propia experiencia como utilidad. El viajescritor anodino suele mirarse el ombligo más de lo que aconsejan el oculista y el ortopédico, y entonces nos cuenta cosas que le pasaron y que le interesan solamente a él. Hay que partir del principio de que lo que nos ha emocionado no tiene porqué emocionar al prójimo, cuyo teléfono móvil, mientras intenta leerte, no para de sonar. Es muy fácil que abandone la lectura y que no quiera retomarte después de charlar con la vecina que acaba de pedirle una pisca de sal. Pero si lo que nos ha emocionado no tiene porqué emocionar al lector, imagina entonces ‘aquello que ni siquiera nos ha emocionado’. El síndrome del anodino parte de la falacia de que hay que contarlo todo. Y ya lo dijo Voltaire: el secreto de ser aburrido es querer decirlo todo. ¿Qué hacer, entonces, para que mi boba y ordinaria experiencia de cruce de frontera entre Camboya y Tailandia sea interesante de leer? Si no te pasó algo realmente interesante en la frontera, y no consigues darle ‘fuste literario’ a una experiencia anodina, entonces, simplemente, no ocupes una sola página detallando tus trámites fronterizos: pasa directamente a Tailandia, elipsis mediante.

Siguiendo a Paracelso: el veneno está en la dosis. Cualquier texto de viaje puede incorporar facetas antes descritas sin que haga aguas y se hunda. El problema es cuando nos encarrilamos en líneas demasiado filosóficas, o blandamente espirituales, o tediosamente informativas, o anodinas hasta el hartazgo.

 

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